DOS LETRAS
Yo voy corriendo detrás de una palabra. Fue arrojada por mi boca como una piedra. Atravesó el aire que nos separaba, y pudo parecer que te cayó en los ojos, por que tus ojos se volvieron rojos de dolor y de lágrimas. Yo arrojé la palabra como quien abre las puertas de una jaula y libera a las aves. La palabra avecilla jamás sera apresada y oscureció el sol con sus dos negras alas.
Me habías preguntado: ¿ Me quieres todavía?
La discusión pesaba aún entre nosotros. Me temblaban las manos, me temblaba la voz y las rodillas. Estaba herida, rabiosa, tensa, molesta..., tal vez también estaba temerosa, resguardándome detrás de esa armadura llena de espinas que es el orgullo. Y en vez de aquietar las aguas embravecidas, en vez de amansar el océano y convertirlo en un lago donde pudiéramos zambullirnos riendo y bebiéndonos la inmensidad del cielo reflejada en la piel, me contraje con un gesto de fiera agazapada y murmuré:
- No
¿ Me quieres todavía? No. ¿ Me quieres todavía? No. ¿Me quieres todavía? No. Desde ese instante me eché a correr detras de la palabra. Mi alma desbocada como un potro se lanzó tras ella. Había que atraparla. Pero no servían las lentes redes de cazar mariposas. Había que pescarla, pero no servían las largas líneas de pescar. Había que rescatarla de las aguas profundas. Había que traerla de las galaxias lejanas.
Palabra, palabrita pequeña, palabra de dos letras apenas, palabra de cuchillito, de sonido tan breve, de color tan intenso, palabra, palabrita con alitas de mosca, pósate en mi mano, vuelve, acércate a mi boca, entra en mí nuevamente y te tendre conmigo para siempre.
Pero no pude retenerla.
Fue directo a la herida, fue derecho a la duda, fue derecho al dolor. Y vi cómo pagabas el café y te arreglabas y tratabas de sonreír un "chau" al alejarte. Durante horas me quedé ahí, atragantándome con café, con desesperación y lágrimas.
Conociéndote como te conozco, sé que aunque volvamos a vernos, aunque nos estrechemos la mano y los cuerpos, nunca volverás a creer en la total plenitud de mi amor. Conociéndote como te conozco, sé que tendre que rogarte, que perseguirte, para que me creas nuevamente. Conociéndote como te conozco, sé que aunque en los momentos de alegría, en los momentos de luces y fuegos, la pequeña palabrita inalcanzable batirá sus alitas de mosca y pondrá una levísima sombre de permanente duda en tu mirada.
Y será mi enemiga, mi terrible enemiga para siempre, una palabra de tan solo dos letras.



